<span class="entry-title-primary">Chiusura del processo diocesano del Servo di Dio Antonio Rivera (ES)</span> <span class="entry-subtitle">di P. Pierdomenico Volpi</span>

Chiusura del processo diocesano del Servo di Dio Antonio Rivera (ES) di P. Pierdomenico Volpi

INTERVENCIÓN EN LA CLAUSURA DEL PROCESO DIOCESANO DEL SIERVO DE DIOS ANTONIO RIVERA RAMÍREZ
27 DE FEBRERO DEL 2016 CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Mi saludo respetuoso a su Excelencia Reverendísima Don Braulio, al presidente de la Acción Católica diocesana y al presidente de la Acción Católica nacional, al Asistente eclesial y a todos vosotros.

La providencia ha querido que, desde hace ya un tiempo, me fuese confiada la causa de canonización de Antonio Rivera Ramírez, dicha causa hacía tiempo que estaba dormida. Teniendo tal encargo que me ha sido confiado, he buscado profundizar, en cuanto me ha sido posible, la vida del Siervo de Dios. Obviamente el trabajo en mayor parte, cuando la causa está a nivel diocesano, compete al Vice postulador, en este caso D. José Salinero al cual agradezco el trabajo que ha llevado a cabo, tanto como a su colaborador Rev. D. Fernando. En mis agradecimientos no olvido a los componentes del Tribunal Diocesano y a sus colaboradores; permitidme un agradecimiento especial a Juez Delegado del Tribunal don Francisco Javier Hernández que, en las dos causas abiertas en la diócesis, ha brindado siempre una ayuda atenta y constante.

Hace un mes, el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, ha dado una conferencia a los Postuladores y, entre otras cosas, ha dicho que la virtud cardinal hoy fundamental para un cristiano, y por tanto para un santo, es la Fortaleza.

Se debe ser fuerte frente al ejército del mal que ataca cada ámbito de la vida disfrazándose de bien. De Antonio se dice que “Comenzó a ejercitar la fortaleza desde adolescente cuando debía confrontarse con los compañeros de colegio que defendían ideas contrarias a la fe cristiana. Nunca se avergonzó de mostrar también externamente su fe y de reprender a aquellos que ofendían la religión”. Otro testimonio afirma: “Antonio se sentía fuerte en Dios y los otros se apoyaban en él. Poseía una voluntad férrea, pero no obstinada. Firme en su piedad, vigoroso en sus modos de expresarla y siempre valiente hasta el heroísmo”. La Fortaleza acompañó a Antonio también cuando aceptó con valor la enfermedad de los ojos que podía comprometerle en sus estudios.

La Fortaleza de Antonio se manifestó también en los días en los que participó en la defensa del Alcázar y, sobre todo, en los días de sufrimiento que precedieron a su muerte. En todo esto es significativo que Antonio siendo tímido par naturaleza, la fuerza le viene ciertamente de Dios o más seguramente, colaboró con el Señor.

La virtud cardinal de la Fortaleza es un don pero necesita la colaboración de la persona; Santo Tomás de Aquino afirma que la fortaleza tiene “por objeto el temor y la audacia porque una dificultad hace nacer el temor para afrontarla y la audacia para superarla; la Fortaleza reprime el temor y modera la audacia, para que así la voluntad no se sustraiga al bien”. Es posible afirmar que Antonio no se sustrajo al querer hacer el bien en las ocasiones que la providencia le puso de frente, y esto desde joven hasta el momento de su muerte dolorosa pasando a través del indecible sufrimiento que le avino cuando fue herido y durante la sucesiva operación. La Fortaleza se extendió en Antonio también contra aquellos que obstaculizaban su fe. Famosas son sus palabras: “Disparad pero sin odio”.

No podemos dejar de afirmar que la Acción Católica de aquel tiempo (esperemos que también hoy) era una forja de jóvenes con el temple de Antonio que tenían en su punto de mira la santidad a través del apostolado. No pudo callar que vivieron en los años en los cuales vivió y murió tempranamente Antonio, el beato Pier Giorgio Frassati fallecido a los 24 años, el beato Alberto Marvelli muerto a los 28 años, el Venerable Teresio Olivelli muerto mártir a los 29 años que sabiendo lo del Alcázar, también deseaba participar en su defensa leyéndola en clave exclusivamente espiritual. También recordamos la decena de mártires de ambos sexos pertenecientes a la Acción Católica que derramaron su sangre por Cristo durante la Guerra Civil española, muchos de los cuales ya están beatificados. Precisamente desde la filas de Acción Católica de aquel tiempo, salieron mujeres y hombres fuertes según el Evangelio che no tuvieron ningún respeto humano por testimoniar la propia fe.

Es posible decir con certeza que Antonio Rivera recogió la linfa vital de la propia fe, después de la familia y los sacerdotes que encontró en su camino, en el terreno fértil de la Acción Católica. Vivió como congregante de dicha asociación, según los dictámenes del Papa Pío XI, y cuando a los 17 años fue nombrado Presidente, se consagró plenamente al apostolado entre los jóvenes. Como ya se hemos dicho, tuvo bien clara su vocación de ser un laico católico auténtico. Llegó a fundar en poco tiempo treinta centros de jóvenes de Acción Católica. Su grande apostolado era animado por un contacto constante e intenso con el Señor, caracterizado por una oración diaria que tenía como centro la Celebración Eucarística por la cual escribió durante los Ejercicios de 1934: debemos estar muy atentos para no caer en la costumbre. Seguramente que no participaba por costumbre en la Misa precisamente porque su jornada era una preparación a ella: Oficio, Meditación, Rosario llenaban sus días. Es debido a que su Fortaleza provenía de su contacto íntimo con Dios que nunca le abandonó ni siquiera en los momentos más trágicos de su vida.

Podríamos preguntarnos cuál es la utilidad del recuerdo de Antonio hoy día para nosotros. Respondo sirviéndome impropiamente e indignamente de las palabras que el Rey de España, Felipe VI, ha pronunciado en el Mensaje de Navidad del año 2015:

Sin duda debemos conocer y recordar nuestra historia común porque nos ayuda a comprender nuestro presente y a orientar nuestro futuro, y nos permite apreciar mejor nuestros éxitos y nuestros errores, además que define y explicita nuestra identidad en el curso del tiempo.

Por tanto Antonio es un eslabón de la historia de España más allá de ideas y opiniones; un eslabón de la Iglesia Toledana, un eslabón de la Iglesia Española, un eslabón de la Iglesia universal porque los santos pertenecen a toda la Iglesia. Es parte de Acción Católica española y de Toledo, y es preciso conocerlo y recordarlo porque su existencia debe además de hacer comprender mayormente el presente sabiendo que las raíces de Acción Católica se hunden en el terreno cultivado y sembrado por jóvenes como Antonio, orientar el futuro de esa Asociación y de cada componente porque el Asociado de Acción Católica debe vivir no malvivir (como afirmaba el beato Pier Giorgio Frassati). Antonio, en el correr de su breve vida, ha sido una sencilla y buena persona que se ha dejado plasmar por el más grande artista de la historia que es Dios, convirtiéndose en una obra de arte, y las obras de Arte no tienen tiempo, nos hablan siempre, por eso son siempre actuales. Antonio no ha sido un héroe como lo entiende el mundo, sino un cristiano que simplemente ha puesto en práctica lo que creía. Si Acción Católica está hoy presente, se lo debemos a él y a jóvenes que cómo él han sembrado el buen grano de la fe en tiempos difíciles. Está en nosotros recoger y transmitir su herencia. Gracias.

Chiudi il menu